Esencia petrificada

¿Qué pasa en realidad cuando nos perdemos observando? Ese instante en el que nos olvidamos del tiempo.

En el Universo, escondido entre años luz de materia oscura, un tesoro; un cofre sin bisagras ni cerradura, una fórmula única en el infinito: la vida misma.

La concepción de vida en una roca que orbita en el espacio es posible por la perfecta armonía entre los elementos. Uno, complejo y abundante por sobre todos, el agua.

Epicentro de la Revolución Neolítica, en la Teoría del Oasis el agua detonó que los conjuntos humanos adoptaran la agricultura como base económica.

La historia dice que un pequeño grupo de nómadas, cazadores y recolectores, frecuentaron cada vez más cuerpos de agua para facilitar su sobrevivencia. En estos sitios y sus alrededores, la tierra daba mejores frutos y se reunían los animales, básicos en el menú de la llamada Nueva Edad de Piedra.

Fue el agua la que transformó a los individuos, en su periferia construían refugios y cuartos que después se llenaron de pertenencias y personas; ese espacio adquirió entonces valor y surgieron los hogares, entre 8,500 y 7,000 mil años antes de Cristo.

Surgió el arraigo y la identificación con los semejantes motivó la creación de vías para comunicar y comerciar; era ya una sociedad compleja con normas de comportamiento, formas de gobierno e instituciones para procurar el desarrollo.

Se cuestionaron las fronteras y fueron descubiertos los territorios, formas de organización y culturas. Fue cuando se creyó conquistado el globo terráqueo que se levantó la vista y se apreciaron las estrellas.

A unos 10 mil o 12 mil años de distancia, no podemos decir que sabemos todo de la Tierra y mucho menos del Espacio; esos años luz de materia oscura que apenas empezamos a entender y explorar. Todo, de manera poética, pero sin exagerar, a partir de una gota de agua.

Casualidad o causalidad, no lo sabemos. Hasta ahora únicos en el Universo en nuestro maravilloso planeta azul; el mismo que nos sostiene a pesar de nuestra egoísta forma de dañarlo irreparablemente. Si eso no es amor, entonces es condena.

Tras 120 Siglos, ¿No deberíamos ser más humanos, un poco más sabios o sólo agradecidos? ¿Acaso no entendemos que los recursos naturales son invaluables? ¿En verdad creemos que podemos convertir en simples monedas de cambio elementos finitos? Simplemente ignorar la extinción no evitará que suceda.

El agua, en forma de océanos, ríos, lagunas, lagos, manantiales y arroyos; es vida, origen de toda especie. No existe nada que pueda sustituir este líquido, pero hoy su situación es alarmante y provocamos su exterminio.

De la Vía Láctea, el único astro azul, todavía sostenible, está conformado por 70% de agua; 97.5% corresponde a los océanos (agua salada) y únicamente 2.5% es apta para consumo humano; renovable aún, pero finita.

En México, cada persona consume 264 litros de agua al día, sin considerar a los millones de hogares sin acceso a este básico “servicio”. La ilegibilidad de la cifra es directamente proporcional al inconsciente uso que le damos.

Es entonces, responsabilidad de todos, industrias, gobiernos, asociaciones y ciudadanos, todos consumidores, exigir que el riego sea por goteo y que las fábricas cuenten con su propia planta tratadora. Lo que representa impulsar a los sectores productivos a crear empleos verdes y ser sostenibles; ser más rentables.

Tener acceso al líquido es un derecho humano y cuidarlo es responsabilidad de todos, un reto grande, pero posible de lograr. Los debates de ideologías políticas suenan burdos y absurdos cuando lo que está en juego es la propia humanidad y su extinción.

Un artista puede contemplar el océano y un científico una pequeña gota de agua a través de un microscopio; ambos hallarán respuestas. Cuando podemos ver y descubrir la esencia de las cosas, es muy posible mirar dentro de nosotros mismos.

¿Qué pasa en realidad cuando nos perdemos observando? Ese instante en el que nos olvidamos del tiempo, percibimos colores y sonidos con el tacto y el olfato, cuando la piel se crispa y el profundo suspiro antagoniza al necesario respiro.

Cuando los pensamientos se desbordan pero escasean las palabras, cuando la imagen permanece aún con los ojos cerrados; sí, cuando parece que de un instante nos enamoramos.

Me atrevo a decir que es en ese punto cuando hemos conocido aquello que constituye su naturaleza, lo que pareciera permanente e invariable de ella. Lo que la hace especial e importante, sí, hablo de la esencia, el extracto concentrado que inspira y da vida.

La esencia de nuestro planeta es el agua, aquello que nos hace especiales y perdurables. Sin ella seríamos roca volando en el espacio.

Columnista: Edgar Abraham Tolentino Latorre.