La certeza de la catástrofe

Mientras escribo este texto, existen 17 grandes incendios en México, Uno de ellos ha arrasado 200 hectáreas de manglar, y en Chiapas 60 hectáreas de bosque, además de otro que ha devastado 1900 hectáreas en el bosque de La Primavera, en Jalisco. Y aunque la causalidad es diversa, es innegable que un factor muy importante es el cambio en los regímenes de temperatura y precipitación, cuyas variaciones son debidas en buena medida al cambio climático.

Además de ello, existe un movimiento internacional de jóvenes que conocen las implicaciones del cambio climático, y saben que esto significa que el futuro no existe tal como se los plantearon los adultos, pues ellos les han dejado varias herencias. Una de ellas es el cambio climático, que entre otras cosas pondrá en riesgo su forma de producir alimentos, vivir en las ciudades y actividades tan fútiles como consumir los al menos 80 litros diarios recomendados por la OMS para higiene y alimentos.

Sobre este tema se han hablado largas disertaciones y se han escrito toneladas de papel, ha servido para que algunas figuras públicas tomen el tema como emblema y para hacer cumbres donde el mandatario de cada país aprovecha para promover su gobierno. En cambio, desde que los investigadores describieron este problema por primera vez, a fines de los ochentas, el logro más importante ha sido la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en 1993, que si bien ha funcionado para generar investigación y establecer líneas de acción, pocas de ellas han tenido una aplicación significativa que sea capaz de proyectar una reducción de emisiones de Gases de efecto invernadero.

A principios de los 2000, el tema se volvió popular para el mundo después de que Al Gore y otras figuras públicas, así como los científicos difundieran la problemática; no obstante, hubo sectores renuentes a creer que las actividades humanas pudiesen generar tal impacto en la tierra, de hecho, un grupo de científicos, siempre pertenecientes a países que más generan gases de efecto invernadero, se pronunció en contra de dicha teoría. Esta efervescencia progresivamente, se convirtió en la cotidianeidad de leer alertas climáticas con apatía, en una sociedad que ya no se sorprende, tampoco con la certeza de la catástrofe.

En este reto mundial estamos fallando por dos frentes: tanto la sociedad global como muchos tomadores de decisiones. Las alertas se encendieron desde los reportes del grupo de expertos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, que se ha traducido a todos los idiomas y ha estado disponible desde los años noventa. No ha sido tema para los medios hasta ahora que tenemos incendios masivos, registros de extinciones constantes, contingencias ambientales y sobre todo, la certeza de que nuestros hijos no contarán con los recursos que nosotros tuvimos. No solo los medios son el problema; hay un fuerte componente de responsabilidad personal que no hemos asumido como ciudadanos. Seguimos la tendencia de utilizar un vehículo por persona y lo ocupamos constantemente para viajes de 300 km para actividades frívolas, hacemos vuelos transatlánticos para temas que no son prioritarios, no limitamos nuestro consumo de carnes aun conociendo el impacto en el cambio climático, y todo esto dentro de la complicidad del anonimato.

Otra falla es la de los tomadores de decisiones que siempre han considerado el tema ambiental como una cuestión secundaria, un tema que sirve para parecer social y ambientalmente responsable, acompañadas de medidas risibles para el tamaño del reto que tenemos globalmente, como lo son la “compensación económica por el daño ambiental. El desarrollo económico ha sido la prioridad antes que la estabilidad ambiental y climática en todos los casos, no han existido estrategias que de verdad consideren el impacto que tiene el medio ambiente de forma transversal, que abata al mismo tiempo el desempleo y la catástrofe climática y ambiental. Ha sido un tema de después, se espera atender el tema después de la pobreza, después de las guerras, después del crecimiento económico de los países.

Los mecanismos internacionales que se acordaron globalmente y que se pusieron en marcha para lograr abatir las causas del cambio climático, y reducir las emisiones de gases de invernadero, no están logrando lo suficiente para evitar llegar a los mortales 2°C que significaría una catástrofe mundial, más aún después del pronunciamiento de salida del Acuerdo de París por parte de China y Estados Unidos, que en conjunto generan más gases de efecto invernadero que el resto de los países.

Para estos momentos hay cuestiones que no tienen reversibilidad en el tema climático, nos quedan pocas alternativas como la mitigación y la resiliencia, en otras palabras, soportar lo que venga y reparar a fin de que no sean peores las consecuencias para las generaciones que se quedan en la tierra por más tiempo que nosotros. Para ello, es necesario generar alianzas que permiten estas acciones realizables, estamos en un momento crítico y contra reloj, necesitamos enlazar con los individuos, la sociedad organizada y los gobiernos que tengan voluntad política para ello. El enlace covalente es en la química el enlace más fuerte y el que completa el nivel energético mutuo, debemos actuar análogamente a esta fuerza de la naturaleza. Dejemos de lado la indiferencia y por primera vez asumamos la responsabilidad que implica ser un habitante de la tierra.

Columnista: Luz H. Flores.