Miseria para acabar con el mundo

Y la pérdida de esa conciencia, en su punto más elevado, permite a las personas consumir y desechar incluso a sus semejantes

Del Link: The House That Bleeds. Fotografía por: Yael MArtínez.

De todas las teorías del fin del mundo escuchadas, considero que ninguna es tan acertada como la autodestrucción. El tema no es nuevo pero permanece; culturas, generaciones y todo tipo de corrientes de expresión y del pensamiento abordan tal preocupación.

Para el cristianismo, ideología en la que crecí, este es el grito de advertencia por excelencia de los últimos 2 mil años. Si dejamos de lado la lógica del Filósofo Güemez, capaz de hallar un sin fin de coincidencias, pareciera que la del fin del hombre, es la única enseñanza bíblica que respalda la ciencia.

Para la comunidad científica es evidente que la humanidad es insostenible. Consumimos más de lo que debemos y olvidamos que los recursos son finitos, vivimos ensimismados y en un mar actitudes mezquinas, nos preocupamos por tener lo que no necesitamos.

En un mundo creado por nosotros mismos, nos rodeamos y refugiamos en pensamientos hedonistas y otros que nos invitan a pensar que la felicidad se encuentra en satisfacer los placeres inmediatos. La meta es llenar un gran vacío, uno que se construye en una ecuación simple; a menor conocimiento y valores, mayor cobardía y mezquindad, el resultado, la miseria.

El instante en el que el ignorante se transforma nace la bestia; un animal que pertenece a la familia de los homosapiens, impulsivo, con hambre y sed desmedidas e insaciables. A diferencia de otros primates que viven en comunidades-manada, este no tiene sentido de empatía, responsabilidad o respeto con sus congéneres.

Tal individuo no entiende a su entorno como su ambiente natural, sino como un cúmulo de desechables que fácilmente puede sustituir. Y la pérdida de esa conciencia, en su punto más elevado, permite a las personas consumir y desechar incluso a sus semejantes.

El mismo fenómeno se manifiesta de muchas maneras en distintos actos. El miserable piensa tanto en sí mismo y sus deseos, que pierde interés por lo que ocurre alrededor; la indiferencia, su principal bandera. Puede ver dolor o causarlo y continuar su camino. El hambre, la pobreza, la desigualdad y la injusticia; eventos que apenas causan un ligera sensación de asombro.

Con ética astuta ante la sorpresa y confrontación, pedirá perdón para alejar la responsabilidad de sentir pesar y, a expensas de la situación, abandonará la oportunidad de reparar los daños y cambiar su actitud. Esa es su zona de confort.

De continuar así, viviremos en el confort de un reinado de basura; en nuestro trono, cuerpos inertes de lo que alguna vez llamamos gadgets, rodeados de una cumbre de bolsas plásticas y todo tipo de residuos de poliestireno; así como de todas las cosas inútiles que consumimos de manera desmedida.

En ese momento, con el mundo acabado, el amor viajará a otro planeta y será demasiado tarde porque no podremos vernos a los ojos; un tiempo en el que no seremos capaces de ver nuestro reflejo: la bestia asusta a cualquiera.

Ya lo dijo Victor Hugo, cada uno de nosotros, al igual que Jean Valjean, nos conoceremos tal cual somos, cuando el peso de nuestros actos de desinterés nos doblen las rodillas, sólo podremos exclamar “¡Soy un miserable!”.

Escribo, no por depresión, lo hago porque creo en la fuerza de las personas para cambiar las tendencias y su entorno. Todos nos podemos equivocar, pero también mejorar y reparar los daños; aún estamos a tiempo. Hay muchas cosas por las que vale la pena luchar.

Hay un gran bien por hacer a la humanidad, ese es el llamado; frente a nosotros, la oportunidad de un esfuerzo estoico para salvar al planeta y rescatar los valores de responsabilidad, fraternidad y amor. Enseñemos a otros y despertemos conciencias.

Entendamos que compartir es mostrar interés y así honrar al pensamiento de Epicuro; “el más grande fruto de la autosuficiencia es la libertad”

Columnista: Edgar Abraham Tolentino Latorre.