Mujer, ciencia, sociedad.

Cuando reflexiono sobre mi condición de mujer inserta en el quehacer de la ciencia mexicana, me doy cuenta que las cosas no son, como en muchos otros ámbitos de la realidad nacional, como quisiera que fueran o como pienso que deberían de ser. Más allá de que ha existido un avance en la representatividad del género femenino en las diversas actividades científicas y que, de algún modo, se han logrado importantes cambios en las estructuras, políticas y configuraciones de las distintas instituciones dedicadas a la producción de conocimiento, investigación y desarrollo tecnológico-científico, en México las mujeres seguimos estando subrepresentadas. Además, muchas siguen viviendo las consecuencias propias de la discriminación de género y los sesgos sexistas de la cultura académica prevaleciente: el acceso diferencial a los cargos de poder, la marginación en los puestos administrativos de toma de decisiones, la invisibilidad y la falta sustancial de reconocimientos y de apoyos con perspectiva de género para el desarrollo de las estudiantes, profesoras, investigadoras y científicas mexicanas.

Al ocupar la presidencia de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) revisé datos y encontré que las mujeres representan 13.86% de los mil 46 integrantes de la Academia consagrados a la investigación en ciencias exactas; 25.82% de los 697 dedicados a las ciencias naturales, y 40.24% de quienes se enfocan a las ciencias sociales y a las humanidades. El porcentaje de mujeres en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) también es bajo y disminuye conforme avanza el nivel. De un total de 16 mil 598 investigadores inscritos en el SNI, las mujeres representan tan sólo el 33%, siendo éstas cinco mil 510 investigadoras frente a 11 mil 88 hombres. En el nivel de candidato las mujeres representan el 40.7%, en el nivel I el 34%, en el nivel II el 31.8% y en el nivel III el 18.5%

Y eso que no estamos tan mal, pues en otras academias del mundo todavía hay mayor disparidad. En la Royal Society de Londres alrededor de 5% son mujeres; la National Academy of Sciences de Estados Unidos tiene un 7% de mujeres; en Brasil el 11.4% son mujeres; en la Academia Chilena de Ciencias representan 10%; en el Consejo de Ciencia de Japón 20.5%, y en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España 3.7%. Pero México, cuya AMC tiene un 22.4% de mujeres, sigue siendo el país con el menor porcentaje de doctoras que laboran en el sector científico como investigadoras.

Por eso, aunque en los últimos años se ha incrementado la incorporación de mujeres a la producción científica, esto no es suficiente debido a que las políticas gubernamentales de investigación y desarrollo no han considerado las necesidades específicas de las mujeres dedicadas a la ciencia. Además, como los estereotipos sexuales permanecen en la sociedad y se perpetúan por medio de los agentes de socialización, para lograr un cambio profundo en la organización de la sociedad no basta con obtener garantías legales. Tal vez es mi pasado “sesentayochero”, pero estoy convencida de que es necesaria una intervención pública integral dirigida a eliminar los obstáculos que se oponen a la igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres.

Desde mi perspectiva como actual directora de la Facultad de Ciencias de la UNAM considero imperativo que las mujeres tengan la oportunidad de desarrollarse profesionalmente. Para mí educación significa emancipación, criterio, opinión. Respecto a la cuestión más importante —avanzar en la igualdad de trato y de oportunidades— veo como una necesidad urgente el fomentar la perspectiva de género en las acciones científicas y tecnológicas. Las disparidades entre hombres y mujeres en la esfera de la ciencia y la tecnología, tanto en el sector público como en el privado, se reproducen por el sistema cultural de género.

¿Qué quiero decir con esto? Que problemas como la baja representación de la presencia femenina en ciencias como la física, las matemáticas y en las ingenierías tiene sus orígenes en las formas de socialización y de educación que se traducen en estereotipos y mecanismos de orientación vocacional que alejan a las mujeres de dichas áreas. Si se quiere una mejoría en el desarrollo científico y tecnológico del país, parte importante del reto consiste en tomar medidas para remediar la sub-representación femenina y generar un equilibrio entre los sexos en el ámbito de la investigación.

Pienso que un conocimiento riguroso y una interpretación correcta de los problemas son elementos básicos para construir un proyecto equitativo y democrático de sociedad. La ciencia debe servir para reconocer la magnitud de la desigualdad, investigar sus causas, medir su impacto socioeconómico y tomar las medidas necesarias para su resolución. Para ello es necesario adoptar una nueva perspectiva sobre la relación sociedad y ciencia

Hay veces que miro la historia para no olvidar de dónde vengo, y recuerdo con asombro cuál ha sido la condición de la mujer a lo largo del tiempo. Por eso soy feminista. Deseo seguir trabajando para construir una equidad de género real, y no me conformo con los avances hasta ahora conseguidos. Creo que es necesario el activismo a favor de la equidad de género en todos los ámbitos de la vida humana.

Rosaura Ruiz. Directora de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Fue presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias. Es autora de Positivismo y evolución: introducción del darwinismo en México, entre otros.

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